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Diego Guerrero: un grafiti no puede costar una vida

“XL” murió por el disparo de un guardia en la Plaza Argentina. Una semana después, grafiteros, skaters y su familia volvieron al lugar a pedir justicia.

  • Diego Guerrero, de 32 años, murió la madrugada del 10 de octubre tras recibir un disparo de un guardia de seguridad en la Plaza Argentina, en el norte de Quito.
  • El guardia, de 25 años, está en prisión preventiva, procesado por presunto homicidio.
  • El 17 de octubre, familiares, artistas urbanos y skaters hicieron un plantón con esténciles, velas y flores en el mismo lugar.

En las rampas de skate de Pifo lo conocían como XL. Diego Guerrero tenía 32 años y llevaba más de una década pintando en la calle. Creció en Pifo, era el menor de sus hermanos y, desde la muerte de su padre en 2021, sostenía a su madre. Quienes lo conocían lo recuerdan como alguien cariñoso, que rescataba perros callejeros.

La madrugada del sábado 10 de octubre iba en un carro con dos amigos por el sector de la Plaza Argentina. Según la Fiscalía, uno de ellos bajó para pintar un grafiti en la valla de un edificio en construcción, y un guardia salió armado de un local cercano. Hubo disparos. Diego murió minutos después en una casa de salud.

Lo que se sabe del caso

La Policía detuvo al guardia con una escopeta y cuatro cartuchos. Según la Fiscalía, las pericias hallaron cuatro perdigones en el cuerpo de Diego. El procesado, de 25 años, está en prisión preventiva por presunto homicidio, un delito que en Ecuador tiene una pena de 10 a 13 años. Por tratarse de un caso flagrante, la instrucción fiscal dura 30 días.

Hay versiones que la investigación deberá aclarar. Un amigo que estaba presente aseguró a Teleamazonas que el guardia disparó sin advertir. Su hermana, Magalí Guerrero, sostiene que Diego “nunca se bajó del carro”. La empresa de seguridad emitió un comunicado el 13 de octubre en el que asume “la total responsabilidad sobre los hechos”, aunque la familia dice que nadie de la empresa los ha llamado.

La escena responde

El 17 de octubre, una semana después, la Plaza Argentina se llenó de otra forma. Familiares, amigos, colectivos culturales, patinadores y artistas urbanos extendieron un plástico transparente entre los árboles y lo convirtieron en muro: lo cubrieron de aerosol y esténciles con el rostro de Diego. Hubo velas, fotografías y rosas blancas.

“Estamos reunidos colectivos, amigos y familiares de Diego”, dijo su hermano Alexis. Las voces del plantón coincidieron en dos pedidos: justicia y que el nombre de Diego no quede manchado. “No pedimos una condena anticipada”, aclaró una de las asistentes. Piden que la verdad no se reemplace con prejuicios.

El colectivo Amaru Rap pidió no estigmatizar el arte urbano, y la Casa de la Cultura, Núcleo de Pichincha, rechazó “el uso desmedido de la fuerza”.

La pregunta que queda

Se puede discutir si pintar una valla ajena está bien o mal. En Quito, como en casi todas las ciudades, el grafiti sin permiso es una infracción. Pero hay una distancia enorme entre una infracción y una muerte. El caso reabre preguntas que la escena viene haciendo hace años: quién y cómo forma al personal de seguridad privada, por qué un guardia tiene un arma letal para cuidar una construcción y por qué todavía se mira a quien pinta un muro como una amenaza.

Diego no va a pintar más. Lo que hicieron sus amigos en la Plaza Argentina fue lo que el graffiti hace desde siempre: dejar un nombre en la pared para que la ciudad no lo olvide.